jueves, 16 de diciembre de 2010

Cada gota se desprende de las yemas de mis dedos, como campanitas que tintinean en espera (¿augurio?) de un futuro mejor.
Definitivamente no será un futuro mejor. No será el más mínimo destello de lo que fue. Ya no será.
Caminamos de nuevo sobre ese puente que no lleva a ningún lado, porque ya no hay nada del otro lado. Aún así... Seguimos caminando, se termina incluso el puente y seguimos caminando, hundiéndonos en el fango con pesadas piedras en los bolsillos, como Virginia Woolf. Qué patético. Nisiquiera sé si fue así. No puedo saber nada de algo que no presencié. Pero así es ahora.